miércoles, 3 de abril de 2013

PRUEBA GENERAL -


El mismo bullicio que la primera vez, y me gustaría que mi mente se hallara en cero, oscura y vacía como cuando cerré el cuaderno y apagué las luces. Eran las dos de la mañana y en tan solo algunas horas mi vida entera llegaría a su cumbre durante el examen que pondría a prueba la trascendencia de mi trabajo, y en general de todo aquello por lo que ciegamente he luchado. 

Nueve de marzo, ocho o nueve de la mañana y algunos minutos restantes para que llegue la prueba. Giro la cabeza, dirijo la mirada hacia lo profundo, allá donde no se divisan edificios y yo sé que es porque está el mar. Es una completa ironía encontrarme sentado en la carpeta número uno aún con los nervios carcomiéndose la voluntad de quien escribe así como de cada uno de los compañeros que se aglomeran de a ochenta en un aula como huevos en una cesta. Es como una punzada al hipotálamo el grave y potencial ataque psicológico que representa cada una de las muestras de inseguridad e impaciencia: lápices que se rascan sobre el pupitre, bambolean en el aire al compás de maniobras acrobáticas; pisadas exageradas, rápidas, extenuantes; miradas que se pierden en la seguridad total del fracaso, la desesperación, el miedo. Gente que respira jadeante y se aprieta los puños, observan hacia los cristales como queriendo escapar de esta ala que a la larga se transformará en manicomio.

Entra el rector y está a punto de arrebatarme el manuscrito. Lo logra. No sabré su destino hasta el final de la prueba. No me ha sancionado e intenta hacer una mofa estética muy bien elaborada. Pero retracta su sonrisa ante mi rostro que permanece serio y sin expresión alguna, apacible e intempestiva. Un murmullo con los encargados y se retira. El escenario se vuelca sobre mí, es el momento en el cual un hombre viejo y enjuto entra con un gran amasijo de carpetas, es aquello por lo que he venido hoy. La muchedumbre levanta la mirada hacia el pizarrón mudo y estalla una guerra a lo lejos y tan cerca una batalla silenciosa. Una tregua hermética con la complicidad ajena del silencio de tres horas. EL amasijo resuena al colapsar su peso sobre el escritorio y todos echamos una sigilosa mirada a lo que será, por pronto, nuestra única arma así como nuestra única batalla. Esta es sin duda hora cero.

El sol me da directo al rostro y los árboles parecen escaparse de los edificios de los que salen miles de cuerpos apesadumbrados, inertes y otros tan ágiles que el viento no tarda en tomarlos y formarlos en colonias. Yo camino contra la corriente humana que se desvía como una gran manada al encuentro de la seguridad de los de su propia especie. Echo un vistazo al cielo y no encuentro la paz ni la seguridad de decir que di todo de mí aunque así haya sido, siempre tan exagerado. Tomo la puerta principal y el barullo se cuela en mis oídos: la publicidad barata de un grupo frustrado de ignorantes que vende su fuerza de trabajo a cambio de diversión y más comedia ridícula. Pasan los minutos mientras busco a mi padre, que dijo que vendría a darme alcance en cuanto terminase la prueba. La entrada se va quedando solitaria así como los gritos van amainando hasta supurarse por las carreteras. Padre no ha llegado aún, y quedan solo a lo lejos otros que abrazan a hijos que de por sí se han dado cuenta que echaron a perder la prueba, los grupos que luchan por determinar quien tiene menos faltas, algunos ambulantes y yo sentado en la acera a la sombra de la estructura neolítica que se levanta y degrada a un lado de la carretera.

El viento cambia de dirección bruscamente y trae hacia la huaca un grupo de nubes cargadas que cubren la atmósfera de un natural azul oscuro. Y mientras pasan siguiendo su trayectoria hacia el océano todos los nervios reprimidos salen a explotar de mi cuerpo con una violenta agitación en mis extremidades y lo profundo de mi nuca. Respiro hondo pensado que padre llegará en algunos minutos más y habré de comentarle cómo me fue, cuánto tardé, etcétera. Cierro los ojos y oigo con mayor claridad los motores de los aeroplanos que despegan cerca, las pequeñas rocas que caen de un lado de la pirámide e incluso las verjas de la gran entrada cerrándose. Al cabo de un rato entierro la cabeza convencido de que mi padre demorará mucho más de lo esperado, al mismo tiempo que exhalo fuertemente sobre una hilera de hormigas rojas y se oye a pocos metros el rumor de un accidente vehicular.

By: Alvaro R.

viernes, 29 de marzo de 2013

"Fue ayer y NO quiero recordar" Parte II


Mira el celular y siente unas ganas incontenibles de llamarte, de saber de ti.


Camila piensa:
"Madurez es poner en práctica las enseñanzas de la vida "



"Madurez es paciencia " ha leído por ahí ...



- Escucha esa canción que le encanta y que inexplicablemente le recuerda a ti, por que imaginariamente se la dedicaste.



Se encuentra en su etapa obsesiva esa en la revisa más de 10 veces tu cuenta de facebook y la de tus amigos y se da el trabajo de revisar cada una de tus actividades. Cada movimiento que hace, cada acción que realiza gira entorno a ti, en como incluirte ahí. Crea situaciones en las que tu estás presente, en la que olvida cualquier resentimiento y rencor hacia ti.



En su mente tu no eres distante, sigues siendo medio desconocido, pero son más cercanos.
No soporta un segundo más sin saber de ti, 

- "Dime que no te importo por favor dime que nunca me quisiste ni pensaste hacerlo,  hazlo ahora, por favor".
Un solo "por favor", por que el rogar está más allá de su límite, la mirada altiva es mejor. 
                 
- "Hazlo y así me repetiré una y otra vez "EL NO TE QUIERE" y ya no tendrá pretextos para desesperadamente no dejarte ir de su imaginación.


El timbre de la puerta la despierta, va a abrir la puerta, Sam ya llegó.
Kiara Vargas Durand

sábado, 9 de marzo de 2013

Cuando siento cosquilleos en el estomago

"Esas decisiones de último minuto que cuando las tomas te dan un cosquilleo en el estomago" y sí, sentí ese cosquilleo en el estomago cuando cancelé todo lo que tenía que hacer por ir a verte, porque en ese instante en esos segundos decidí que tenía que verte. Les cuento de como va todo, a veces sucede o por lo menos a mi me sucede que siento ese impulso, ya que  me parece debo llamarlo de esa forma, de cancelar todo y optar por otro camino, de vez en cuando lo hago en algunos tiempos más seguido que en otros.

Y los síntomas comienzan de esta forma, mi pierna izquierda tambalea un poco y se mueve como si estuviera esperando algo o si lo ponemos un poco más ridículo como si estuviera esperando en la puerta del baño después de haber tomado un litro de agua, luego siento vacío un vacío súbito en el estomago (los que tienen gastritis saben de lo que estoy hablando) y finalmente sucede, da la impresión que un ciempiés se encuentra en un desfile por 28 de julio dentro de mi estomago, esa es la señal.

Siento cosquilleos en el estómago ¿Cuando? Cuando digo una mentira y juego a que todos se van a enterar.
Siento cosquilleos en el estómago cuando tengo ya todo planeado y decido no hacer nada, pero finalmente es lo correcto porque esa vez el "Nada" significa un "Todo".
Siento cosquilleos en el estómago cuando tomo esa decisión que tanto me costó tomar, pero lo hice y terminé con una sonrisa en el rostro.
 y siento cosquilleos en el estómago ahora mismo mientras tecleo por que sé que seguiré sintiendo a ese cosquilleo en mi interior mucho más tiempo, porque esa es la señal de que estoy viva y estoy viviendo.


viernes, 8 de marzo de 2013

Sal con una chica que lee (Por Rosemary Urquico)


Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca.
 Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica un tanto extraña oliendo las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Es la lectora. Nunca puede resistirse a oler las páginas de un libro, y más si están amarillas.

Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas. Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos.

Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami. Averigua si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace solo para parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella.

Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros en su cumpleaños, de Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Comprende que ella es consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si lo hace.

Por lo menos tiene que intentarlo.

Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo.

Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe. También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos.

¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la saga Crepúsculo.

Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre lo son.


Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en medio de un concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta casualidad la próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype.

Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás la historia de ustedes, tendrán hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The Cat in the Hat y Aslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminarán juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas.

Sal con una chica que lee porque te lo mereces. Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee.
 O mejor aún, a una que escriba.

Muy bueno !

jueves, 7 de marzo de 2013

Sal con una chica que no lee (Por Charles Warnke)

Me pareció interesante colgar este texto, espero lo disfruten como yo lo hice en su momento .

Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela.


Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta.

Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe.

Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.

Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato.

Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo countinuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida.

Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza.
 
No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.


Simplemente me encanto !

sábado, 2 de marzo de 2013

Fue ayer y NO quiero recordar

Me despierto con algo de dolor de cabeza y mucha sed; sí, es lo que están pensando. "Ayer salí y bebí un poco, pero la noche fue fructífera para sacar a flote las consecuencias del alcohol entre otras cosas, una noche divertida". Piensa Camila mientras va despojándose de la ropa que con tanto esmero escogió la noche anterior y hoy está toda arrugada. Va caminando hacia el baño para ducharse cuando suena su celular, con un ringtong distinto al que ella solía usar, demora un poco en tomar conciencia que es suyo el celular que emite ese sonido, al otro lado de la línea una voz que le resulta familiar pero no llega a reconocer:

                - Camila, soy yo no cuelgues por favor tenemos que hablar.

Camila queda en silencio, media atontada aun por el alcohol y sin entender porqué tendría que colgar, ni porque aquel chico que no sabe quien es le dice que tienen que hablar como si tuvieran una relación más cercana.

                C - No voy a colgar, ¿Quién eres?
                S - Soy Sam, Camila por favor !

Cae en el silencio una vez más y por su cabeza  como una especie de flash-back los recuerdos vuelven a ella.

               C - Disculpa, Sam no tengo tu número guardado, que raro.
               S - Voy a verte en 1 hora. (Corta la llamada)

Se sienta en su cama y siente como todos los recuerdos van llenando poco a poco su cabeza, el reprimir recuerdos y evadirlos no funciona.

"Fue ayer y NO quiero recordar", ¿alguna vez se han despertado con esa sensación?



Kiara Vargas Durand

martes, 26 de febrero de 2013

Cubículo

Desde mi cubículo, mitad madera mitad cristal

Frente a una maquina electrónica de lenguaje binario

Mi cuerpo se halla más mi mente no está acá 

Solo pienso en aquel encuentro donde todo empezó

Recuerdo tus ojos tan llenos de vida

Tus labios canela hablar

Tu piel tan joven y lozana

Tu cuerpo de mujer expresar su vitalidad.



Me preguntas de donde fluye mi inspiración

Con naturalidad te respondo y sin dudar

Que nace de mi alma al ver tu alma,

Que nace de mi corazón al querer pertenecer a vos.


By: LFJA