El mismo
bullicio que la primera vez, y me gustaría que mi mente se hallara en cero,
oscura y vacía como cuando cerré el cuaderno y apagué las luces. Eran las dos
de la mañana y en tan solo algunas horas mi vida entera llegaría a su cumbre
durante el examen que pondría a prueba la trascendencia de mi trabajo, y en
general de todo aquello por lo que ciegamente he luchado.
Nueve de marzo, ocho o nueve de la mañana y algunos minutos restantes para que llegue la prueba. Giro la cabeza, dirijo la mirada hacia lo profundo, allá donde no se divisan edificios y yo sé que es porque está el mar. Es una completa ironía encontrarme sentado en la carpeta número uno aún con los nervios carcomiéndose la voluntad de quien escribe así como de cada uno de los compañeros que se aglomeran de a ochenta en un aula como huevos en una cesta. Es como una punzada al hipotálamo el grave y potencial ataque psicológico que representa cada una de las muestras de inseguridad e impaciencia: lápices que se rascan sobre el pupitre, bambolean en el aire al compás de maniobras acrobáticas; pisadas exageradas, rápidas, extenuantes; miradas que se pierden en la seguridad total del fracaso, la desesperación, el miedo. Gente que respira jadeante y se aprieta los puños, observan hacia los cristales como queriendo escapar de esta ala que a la larga se transformará en manicomio.
Entra el rector y está a punto de arrebatarme el manuscrito. Lo logra. No sabré su destino hasta el final de la prueba. No me ha sancionado e intenta hacer una mofa estética muy bien elaborada. Pero retracta su sonrisa ante mi rostro que permanece serio y sin expresión alguna, apacible e intempestiva. Un murmullo con los encargados y se retira. El escenario se vuelca sobre mí, es el momento en el cual un hombre viejo y enjuto entra con un gran amasijo de carpetas, es aquello por lo que he venido hoy. La muchedumbre levanta la mirada hacia el pizarrón mudo y estalla una guerra a lo lejos y tan cerca una batalla silenciosa. Una tregua hermética con la complicidad ajena del silencio de tres horas. EL amasijo resuena al colapsar su peso sobre el escritorio y todos echamos una sigilosa mirada a lo que será, por pronto, nuestra única arma así como nuestra única batalla. Esta es sin duda hora cero.
El sol me da directo al rostro y los árboles parecen escaparse de los edificios de los que salen miles de cuerpos apesadumbrados, inertes y otros tan ágiles que el viento no tarda en tomarlos y formarlos en colonias. Yo camino contra la corriente humana que se desvía como una gran manada al encuentro de la seguridad de los de su propia especie. Echo un vistazo al cielo y no encuentro la paz ni la seguridad de decir que di todo de mí aunque así haya sido, siempre tan exagerado. Tomo la puerta principal y el barullo se cuela en mis oídos: la publicidad barata de un grupo frustrado de ignorantes que vende su fuerza de trabajo a cambio de diversión y más comedia ridícula. Pasan los minutos mientras busco a mi padre, que dijo que vendría a darme alcance en cuanto terminase la prueba. La entrada se va quedando solitaria así como los gritos van amainando hasta supurarse por las carreteras. Padre no ha llegado aún, y quedan solo a lo lejos otros que abrazan a hijos que de por sí se han dado cuenta que echaron a perder la prueba, los grupos que luchan por determinar quien tiene menos faltas, algunos ambulantes y yo sentado en la acera a la sombra de la estructura neolítica que se levanta y degrada a un lado de la carretera.
El viento cambia de dirección bruscamente y trae hacia la huaca un grupo de nubes cargadas que cubren la atmósfera de un natural azul oscuro. Y mientras pasan siguiendo su trayectoria hacia el océano todos los nervios reprimidos salen a explotar de mi cuerpo con una violenta agitación en mis extremidades y lo profundo de mi nuca. Respiro hondo pensado que padre llegará en algunos minutos más y habré de comentarle cómo me fue, cuánto tardé, etcétera. Cierro los ojos y oigo con mayor claridad los motores de los aeroplanos que despegan cerca, las pequeñas rocas que caen de un lado de la pirámide e incluso las verjas de la gran entrada cerrándose. Al cabo de un rato entierro la cabeza convencido de que mi padre demorará mucho más de lo esperado, al mismo tiempo que exhalo fuertemente sobre una hilera de hormigas rojas y se oye a pocos metros el rumor de un accidente vehicular.
By: Alvaro R.
Nueve de marzo, ocho o nueve de la mañana y algunos minutos restantes para que llegue la prueba. Giro la cabeza, dirijo la mirada hacia lo profundo, allá donde no se divisan edificios y yo sé que es porque está el mar. Es una completa ironía encontrarme sentado en la carpeta número uno aún con los nervios carcomiéndose la voluntad de quien escribe así como de cada uno de los compañeros que se aglomeran de a ochenta en un aula como huevos en una cesta. Es como una punzada al hipotálamo el grave y potencial ataque psicológico que representa cada una de las muestras de inseguridad e impaciencia: lápices que se rascan sobre el pupitre, bambolean en el aire al compás de maniobras acrobáticas; pisadas exageradas, rápidas, extenuantes; miradas que se pierden en la seguridad total del fracaso, la desesperación, el miedo. Gente que respira jadeante y se aprieta los puños, observan hacia los cristales como queriendo escapar de esta ala que a la larga se transformará en manicomio.
Entra el rector y está a punto de arrebatarme el manuscrito. Lo logra. No sabré su destino hasta el final de la prueba. No me ha sancionado e intenta hacer una mofa estética muy bien elaborada. Pero retracta su sonrisa ante mi rostro que permanece serio y sin expresión alguna, apacible e intempestiva. Un murmullo con los encargados y se retira. El escenario se vuelca sobre mí, es el momento en el cual un hombre viejo y enjuto entra con un gran amasijo de carpetas, es aquello por lo que he venido hoy. La muchedumbre levanta la mirada hacia el pizarrón mudo y estalla una guerra a lo lejos y tan cerca una batalla silenciosa. Una tregua hermética con la complicidad ajena del silencio de tres horas. EL amasijo resuena al colapsar su peso sobre el escritorio y todos echamos una sigilosa mirada a lo que será, por pronto, nuestra única arma así como nuestra única batalla. Esta es sin duda hora cero.
El sol me da directo al rostro y los árboles parecen escaparse de los edificios de los que salen miles de cuerpos apesadumbrados, inertes y otros tan ágiles que el viento no tarda en tomarlos y formarlos en colonias. Yo camino contra la corriente humana que se desvía como una gran manada al encuentro de la seguridad de los de su propia especie. Echo un vistazo al cielo y no encuentro la paz ni la seguridad de decir que di todo de mí aunque así haya sido, siempre tan exagerado. Tomo la puerta principal y el barullo se cuela en mis oídos: la publicidad barata de un grupo frustrado de ignorantes que vende su fuerza de trabajo a cambio de diversión y más comedia ridícula. Pasan los minutos mientras busco a mi padre, que dijo que vendría a darme alcance en cuanto terminase la prueba. La entrada se va quedando solitaria así como los gritos van amainando hasta supurarse por las carreteras. Padre no ha llegado aún, y quedan solo a lo lejos otros que abrazan a hijos que de por sí se han dado cuenta que echaron a perder la prueba, los grupos que luchan por determinar quien tiene menos faltas, algunos ambulantes y yo sentado en la acera a la sombra de la estructura neolítica que se levanta y degrada a un lado de la carretera.
El viento cambia de dirección bruscamente y trae hacia la huaca un grupo de nubes cargadas que cubren la atmósfera de un natural azul oscuro. Y mientras pasan siguiendo su trayectoria hacia el océano todos los nervios reprimidos salen a explotar de mi cuerpo con una violenta agitación en mis extremidades y lo profundo de mi nuca. Respiro hondo pensado que padre llegará en algunos minutos más y habré de comentarle cómo me fue, cuánto tardé, etcétera. Cierro los ojos y oigo con mayor claridad los motores de los aeroplanos que despegan cerca, las pequeñas rocas que caen de un lado de la pirámide e incluso las verjas de la gran entrada cerrándose. Al cabo de un rato entierro la cabeza convencido de que mi padre demorará mucho más de lo esperado, al mismo tiempo que exhalo fuertemente sobre una hilera de hormigas rojas y se oye a pocos metros el rumor de un accidente vehicular.
By: Alvaro R.



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