Desde que hubo empezado aquel día, sentía ya que las dificultades se presentaban aun
cuando cerré los ojos para poder descansar. No habría de pasar mucho tiempo para
saberlo, y horas más tarde me encontré deambulando por el jirón de la unión tratando de
hallar una manera de continuar demacrando mi cuerpo. Pero quizás a estas alturas el dolor
ya no era aquel estorbo que por años mutiló mis oportunidades de crecer; ahora para mí
era cosa de la rutina y consecuencia de los años vividos en la indiferencia. Mientras recorría
lentamente aquel estrecho y prolongado corredor plagado de gente que me observaba al
pasar y se rehuía verme a de frente como si mis ojos fuesen de cristal, me topé con aquella
realidad a la que había intentado ser ciego durante estos infatigables meses donde la
ansiedad y el desconsuelo fueron absorbidas por el alcohol y la nicotina. Me topé con
aquella faceta que había dejado escondida bajo la almohada la última vez que lloré por no
tener a nadie cerca, y sin embargo ya ni tengo recuerdo de ello. Me topé con aquella faceta
que había resurgido aquella mañana ante sus ojos, su mirada y su respiración.
Me topé con aquella faceta que me recordó que he sido tan soberbio, que me siento
suficiente sin darme cuenta de lo solo que me voy quedando a medida que mis caprichos y
atrocidades van absorbiendo a uno y a otro. Aquellos sus ojos inocentes, aquellas sus
frágiles manos que cayeron por el acantilado de mi obsesión despertaron aquel recuerdo de
mi soledad eterna. Aquella esperanza la suya me hizo abrir los ojos y darme cuenta de que
reponerlo todo termino por erigir un
monumento tan frágil como los nidos de los
golondrinos, del que quizás muchos queden
admirados por lo alto que se ve hasta que caen por
uno de sus agujeros. Me topé una vez
más con la tristeza de saber que no solo todo estaba
mal sino que toda cosa que tratara de
hacer por establecer mi estado de ánimo terminaría
por dañar a muchos otros, y que todo
lo que hiciese por querer salvar a alguien terminaría
por afectarme e inevitablemente
terminaría por afectar de una u otra forma a todos.
Fue en aquel entonces cuando la
angustia del no saber qué era lo verdadero y seguro
se apoderó de mi mente y me echó a
vagar por las calles pensando en miles de cosas y ninguna a la vez. Y aquella punzante
sensación en el pecho volvió a sobrecogerme como los peores años de mi niñez, aquellos
en los que temía que papá y mamá se fueran sin nunca regresar.
Y vi sus ojos reflejando mi
rostro y pensé en intentar remediarlo
todo de nuevo. Pero quizás ya era muy tarde para ello
o mis ya múltiples errores terminarían por llenar aquel fondo de la culpa que se iba
acrecentando anunciando un posible futuro estallido nervioso.
Para cuando mi mente termino tan irreales conversaciones y sus posibles consecuencias, me
encontré en una librería del mall clavando la mirada en un libro muy poco usual y luego de
preguntar por algunas entregas al encargado de la tienda me vi caminando por Wilson en
medio de un parque en cuyo centro se levantaba una monumental pileta que vertía a unas
luces sus aguas, fue allí cuando sentí aquella nostalgia que me haría extrañar los tiempos
aquellos en los que estuve en el colegio, aunque reitero que fueron los peores hasta ahora
vividos. Fue así como el caos cayó en mi mente mientras cruzaba las avenidas hasta que
luego de meditar por un buen rato la causa de aquella sensación, llegué a la casi irónica
conclusión de que extrañaba aquellas épocas porque en aquel entonces estaba seguro de
que estaba solo y que nadie jamás se iba a preocupar de mi miseria. Pero ahora que todo
había concluido me hallé frente al miedo de que no supiera qué era lo que estaba bien y,
peor aún, ni siquiera sabía que era aquello que estaba mal en mí después de tanto tiempo.
Así fue como me encontré inmerso en la infinidad de la duda y la inseguridad e
irónicamente podía estar a la vez seguro de que estos pensamientos traerían consigo horas
de tortura existencial acompañadas de ligeras dosis de una depresión que de manera segura
había terminado por alojarse en lo más profundo de mis neuronas y había atrapado
también en sus redes a cada uno de los pensamientos que no había tenido.
By: Alvaro R. Gutierrez